viernes, 6 de mayo de 2011

La demanda de dinero

El conocimiento de las principales características de la demanda de dinero resulta crucial para la adecuada instrumentación de la política monetaria. Dada una demanda estable de dinero, la teoría monetaria postula la existencia de una relación estrecha entre la cantidad de ese activo y el PIB nominal. Si en lo fundamental el nivel del producto medido a precios constantes se determina por el volumen de recursos reales y la eficiencia en su uso, el nivel general de los precios es, a su vez, una función del monto de dinero en circulación. En términos generales, estas relaciones simplistas entre el crecimiento de los agregados monetarios y el comportamiento presente y futuro de los precios se basan en el siguiente argumento: la política monetaria expansiva genera un incremento de los agregados monetarios que tarde o temprano se traduce en inflación.

Sin embargo, la argumentación antes mencionada no hace mención de dos factores cruciales:

           a) La evolución misma de la demanda de los agregados monetarios y 
            b) la naturaleza cerrada o abierta de la economía con respecto a los flujos de dinero con el exterior.

Más aún, en el caso de una economía abierta, es preciso especificar el tipo de régimen cambiario que esté en vigor. Supóngase que la demanda de dinero está dada y que se parte de una situación en la que ésta es igual a la oferta de dinero. Entonces, una expansión del crédito interno neto del banco central genera una oferta nominal de dinero en exceso de la que demanda el público al nivel inicial de precios. En consecuencia, el público tratará de deshacerse del excedente de dinero que exista.

En el caso de una economía cerrada, los tenedores de excedentes monetarios sólo tendrían dos posibilidades: incrementar su gasto en bienes y servicios nacionales y/o adquirir activos financieros internos. Las dos vías conducirían a un aumento de la demanda agregada, la cual redundaría en precios más elevados. Este proceso continuaría hasta que los precios subieran lo suficiente para que el nuevo saldo nominal de dinero y el ahora mayor nivel de precios internos determinaran un saldo real de dinero igual al que es demandado por el público. En suma, en este escenario el banco central determinaría la cantidad nominal de dinero y el público, a través de sus decisiones de gasto, la cantidad real. Incluso, sería de esperarse que en una economía con un amplio historial inflacionario las expectativas inflacionarias se ajustaran inmediatamente al alza, lo cual llevaría a una elevación del nivel general de los precios y del resto de las variables nominales de la economía, sin tener mayor efecto sobre la demanda agregada.


En una economía abierta con perfecta movilidad de capital, el excedente de oferta nominal de dinero puede ser eliminado por más vías que en el caso anterior: gasto en bienes y servicios nacionales e importados y adquisición de activos financieros internos y externos. Si el tipo de cambio fuera fijo y los precios internos totalmente flexibles, el excedente de oferta monetaria se eliminaría vía una des acumulación de reservas internacionales, la cual compensaría en su totalidad la expansión del crédito interno neto del banco central. Es decir, en este escenario, las autoridades monetarias no tienen control sobre la oferta nominal de dinero y la política monetaria expansiva sólo produce un cambio en la estructura de los activos del banco central (crédito interno y reservas internacionales). En este caso, la oferta de dinero estará básicamente determinada por la demanda del público. Debido a que el banco central no controla la base monetaria, la evolución de esta última más que ser objetivo de política monetaria es en realidad un indicador de la evolución de los precios o de la producción medida a precios corrientes.

Por otra parte, cuando el régimen cambiario es de flotación libre, una expansión del crédito interno neto del banco central también crea un excedente de oferta de dinero al nivel inicial de precios. Dicho excedente llevaría al público a incrementar sus adquisiciones de bienes, servicios y activos financieros, principalmente del exterior si la expansión monetaria en exceso crea expectativas devaluatorias. La presión así generada sobre la cuenta corriente y la cuenta de capital de la balanza de pagos se traduciría en una depreciación del tipo de cambio nominal, que ocasionaría un aumento en los precios internos de los bienes comerciales. Asimismo, las mayores expectativas inflacionarias incidirían sobre el precio de los bienes no comerciables. Este proceso continuaría hasta que el tipo de cambio, las tasas de interés y el nivel general de precios hubiesen aumentado lo suficiente para ajustar la oferta real de dinero a la demanda real por éste. De nuevo, como en el caso de la economía cerrada, sería el público el que controlaría la cantidad real de dinero y el banco central la cantidad nominal. En conclusión, en una economía abierta con tipo de cambio flexible una política monetaria expansionista redunda indefectiblemente en mayores tasas de inflación, un tipo de cambio más depreciado y tasas de interés elevadas. En cambio, una política monetaria neutral, orientada a satisfacer la demanda por dinero congruente con un objetivo inflacionario dado, no presionaría el ritmo de crecimiento de los precios, ni afectaría directamente al tipo de cambio y a las tasas de interés.

Más aún, en la medida en que el banco central demuestre mediante sus acciones que consistentemente está implementando una política monetaria neutral que evita crear presiones sobre los precios, y suponiendo la ausencia de perturbaciones externas, las expectativas inflacionarias se irán ajustando a la baja, lo que a la postre se manifestará en menores ajustes en las variables nominales de la economía y, por lo tanto, en una menor inflación.

Es pertinente señalar que en el caso de México la base monetaria es prácticamente coincidente con el monto de los billetes y monedas en circulación, toda vez que los bancos, en su conjunto, no mantienen saldos a su favor en las cuentas corrientes que el Banco de México les lleva. Por su parte, como en todos los demás países, la demanda de billetes y monedas se caracteriza por pronunciadas variaciones estacionales.


Para que estas fluctuaciones estacionales de la demanda de billetes y monedas no se traduzcan en enormes y dañinos altibajos de las tasas de interés, el banco central debe manejar su propio crédito en ocasión de las variaciones estacionales señaladas. Si por factores estacionales disminuye la demanda de base monetaria, el banco central debe contraer su crédito interno. De otra manera, la referida disminución en la demanda monetaria daría lugar a un exceso de oferta de dinero, que se traduciría en presiones cambiarias y, ulteriormente, en mayor inflación. Debe quedar claro que tal contracción no está dirigida a crear una estrechez monetaria, sino que mediante esta acción sólo se procura el equilibrio del mercado de dinero, sin afectar el nivel de las tasas de interés. Por otro lado, cuando tiene lugar una mayor demanda de base monetaria por razón de factores estacionales, el banco central debe atenderla, ya que de lo contrario estaría generando una astringencia innecesaria en la liquidez, lo que redundaría en mayores tasas de interés y una contracción del gasto. Así, en la medida en que el crédito primario se limite a satisfacer la mayor demanda de base, no se estaría relajando la política monetaria. En suma, los movimientos estacionales de la base monetaria y del crédito del banco central no implican, en forma alguna, modificación en la postura de la política monetaria.
 
Cabe subrayar que la política monetaria basada en el manejo del crédito interno del Banco de México se orienta a satisfacer únicamente las fluctuaciones en la demanda de base monetaria que son congruentes con el objetivo inflacionario. Así, por ejemplo, cuando existan razones para suponer que la demanda de base monetaria es mayor que aquélla que se estima congruente con el objetivo inflacionario, el banco central contraerá la expansión monetaria, lo cual a su vez aumentará temporalmente las tasas de interés, en monto suficiente para que la demanda por medios de pago se alinee nuevamente con la trayectoria deseada.

Tal como ya se señaló, el manejo juicioso del crédito interno del banco central es el elemento fundamental para la adecuada instrumentación de la política monetaria. Y como queda claro de lo anterior, el conocimiento detallado de la demanda de dinero en nuestro país es un elemento de crucial importancia para el apropiado manejo del crédito interno del banco central y, por consiguiente, para la consecución de la estabilización del poder adquisitivo de la moneda nacional.

LA TEORIA KEYNESIANA

John Maynard Keynes (1930, 1936) desarrolló lo que se conoce como la teoría de la preferencia por la liquidez. De acuerdo con esta teoría, en adición a la demanda motivada por la necesidad de realizar transacciones, también existe una demanda "especulativa" de dinero, lo cual llevó a Keynes a concluir que las variaciones en la tasa de interés constituyen un determinante de los cambios en la cantidad de dinero demandada.
 
Esta teoría puede explicarse como sigue. Los tenedores de bonos pueden experimentar ganancias y pérdidas de capital en el valor real de su riqueza cuando varíe el valor de mercado de dichas tenencias, lo cual ocurrirá ante cambios inesperados en las tasas de interés. Estos individuos pueden evitar las pérdidas de capital en sus tenencias de bonos manteniendo su riqueza en efectivo, lo cual tiene el inconveniente de que estarían renunciando a los rendimientos ofrecidos por los bonos y a la posibilidad de obtener ganancias de capital. Ahora bien, si la tasa de interés fuese constante, los bonos serían preferidos al dinero como la mejor forma de mantener riqueza, por el simple hecho de que los primeros pagan un cierto rendimiento.


Por otra parte, si se relaja el supuesto de que la tasa de interés es constante, es claro que si los tenedores de los bonos anticipan una reducción futura en la tasa de interés, éstos seguirán prefiriendo mantener su riqueza en forma de bonos, debido a que el aumento resultante en el precio de los bonos les produciría una ganancia de capital. Por el contrario, si los tenedores de bonos esperan mayores tasas de interés en el futuro, entonces preferirán mantener su riqueza en efectivo. Siendo este el caso, Keynes concluyó que si los agentes consideran que el nivel actual de las tasas de interés es anormalmente alto, éstos tendrán un incentivo para preferir la tenencia de bonos a la de dinero, debido a que la reducción esperada en las tasas de interés induciría un aumento en el valor de su riqueza.

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